Teenage Death and Sex at Camp Miasma: Reseña

Teenage Death and Sex at Camp Miasma: Reseña

Hay una palabra que Kris escribe mientras vuelve a mirar una de las viejas películas de Camp Miasma: deseo. Parece demasiado evidente para una película que lleva sexo y muerte desde el título, pero ahí está buena parte de lo que Jane Schoenbrun quiere perseguir. No solo qué deseamos cuando vemos una película, sino por qué ciertas imágenes siguen excitándonos, fascinándonos o acompañándonos incluso cuando entendemos que quizá nunca fueron pensadas para nosotros.

Teenage Sex and Death at Camp Miasma sigue a Kris, una joven cineasta queer interpretada por Hannah Einbinder, contratada para revivir una franquicia slasher marcada por misoginia, homofobia y viejos estereotipos de género. El estudio quiere actualizar una propiedad intelectual envejecida y colocar al frente a alguien capaz de darle una legitimidad contemporánea. Kris sabe perfectamente lo que está ocurriendo: su identidad también forma parte de la estrategia comercial.

Pero Schoenbrun no se queda en la sátira fácil de Hollywood utilizando la diversidad para limpiar una franquicia. Kris mantiene una relación genuina con esas películas. Creció con ellas. Las ama. Y ahí aparece el verdadero conflicto.

El slasher ha convertido durante décadas el cuerpo en espectáculo: mujeres observadas, sexualidad castigada, personajes queer tratados como amenaza y diferencias de género utilizadas como shock. Schoenbrun podría limitarse a denunciar esa historia. En cambio, plantea una pregunta bastante más incómoda: ¿qué ocurre cuando entendemos por qué algo es problemático y aún así seguimos sintiendo placer frente a ello?


La llegada de Billy, la chica sobreviviente de la película original interpretada por Gillian Anderson, vuelve visible esa tensión. Anderson construye al personaje como una mezcla de estrella olvidada, criatura de otro tiempo y figura casi espectral. Kris llega a ella cargada de conceptos; Billy responde desde el cuerpo.

Para Kris hay que hablar de representación, identidad, semiótica y estructuras de poder. Billy reduce el asunto a algo mucho más elemental: carne, fluidos, deseo.

Entre ambas aparece la tensión más fértil de la película: la distancia entre comprender intelectualmente por qué una imagen nos atrae y permitirnos sentir esa atracción.

Einbinder funciona especialmente bien dentro de esa contradicción. Kris posee el vocabulario para explicar casi cualquier cosa, salvo aquello que ocurre dentro de sí misma. Es inteligente, insegura y ligeramente ridícula en su necesidad de traducir cada sensación a una idea antes de experimentarla. Billy, en cambio, parece haber dejado de pedir permiso hace mucho tiempo.

Ese encuentro transforma gradualmente la película. Lo que comienza como una comedia sobre reboots, nostalgia industrial y explotación de propiedades intelectuales termina convirtiéndose en algo más íntimo. Kris no intenta rehacer únicamente una franquicia; intenta entender qué hacer con las imágenes que ayudaron a formarla.

Ahí Teenage Sex and Death at Camp Miasma conecta con el resto del cine de Schoenbrun. En “We’re All Going to the World's Fair" (2021), internet funcionaba como un espacio donde ensayar otras identidades. En “I Saw the TV Glow" (2024), una serie de televisión se convertía en una puerta hacia una vida que los personajes todavía no podían nombrar. Aquí, ese lugar lo ocupa el cine de horror.

“I Saw the TV Glow" (2024)

En sus películas, los medios nunca son simplemente entretenimiento. Funcionan como espacios donde una persona puede reconocerse antes de tener el lenguaje necesario para entender qué está reconociendo. La diferencia es que Camp Miasma lleva esa búsqueda hacia el cuerpo.

Quizá por eso también es una película más juguetona. La sangre es absurda, los decorados abrazan lo artificial y los viejos DVD, las secuelas baratas y los matte paintings convierten la historia del horror en una especie de caja de juguetes. Schoenbrun no observa esos artificios desde una superioridad irónica. Los ama demasiado para eso.

Y ahí aparece su gesto más interesante.

Teenage Sex and Death at Camp Miasma no intenta volver respetable al slasher. No elimina su vulgaridad, su voyeurismo ni su gusto por convertir el cuerpo en espectáculo. Tampoco intenta corregir décadas de imágenes problemáticas mediante una versión moralmente limpia.

Lo que se pregunta es quién tiene derecho a disfrutar de ese placer.

El cuerpo que antes aparecía castigado puede ahora sentir deseo. La identidad que antes funcionaba como amenaza puede apropiarse de la mirada. Incluso Little Death, un nombre que convierte el orgasmo en asesino, deja de pertenecer únicamente al territorio del miedo y empieza a asociarse también con descubrimiento y transformación.

El monstruo continúa siendo monstruo. Lo que cambia es quién puede reconocerse dentro de él.

Por eso la representación queer de la película funciona mejor cuando deja de comportarse como “representación”. Kris no existe para explicar una identidad al espectador ni para transformar cada parte de su vida en trauma. Sus inseguridades, su sexualidad, su deseo y sus contradicciones forman parte de ella sin agotar al personaje.

Esto importa particularmente dentro de un género donde el sexo funcionó durante décadas como una maquinaria moral: quien deseaba demasiado solía morir primero. Schoenbrun conserva esa cercanía entre excitación y violencia, pero altera su dirección. El cuerpo deja de existir únicamente como lugar del castigo y empieza a convertirse también en territorio de placer y descubrimiento.


La película no siempre encuentra el equilibrio. Puede ser demasiado explicativa, y algunos momentos verbalizan ideas que las imágenes ya habían expresado con mayor fuerza. Su entusiasmo por sus propios conceptos también la vuelve algo dispersa. Pero esa fricción tiene sentido dentro de una película protagonizada por alguien que necesita intelectualizar aquello que todavía no sabe sentir.

Tal vez por eso sus mejores momentos llegan cuando la lógica comienza a ceder frente a algo más visceral y miedo, excitación, violencia y ternura empiezan a confundirse.

Ahí Camp Miasma deja de ser simplemente una deconstrucción del slasher.

Schoenbrun no mira hacia el pasado para absolverlo ni necesita condenarlo para sentirse moralmente superior. Mira esas imágenes como se mira aquello que nos formó pese a sus contradicciones: con cariño, vergüenza, resentimiento y deseo.

Tal vez crecer no consiste en abandonarlas. A veces consiste en regresar a ellas desde otro lugar.

Hollywood suele entender “reimaginar” como cambiar algunas piezas mientras conserva intacta la máquina. Schoenbrun propone algo bastante más interesante: rehacer también puede significar reclamar. Tomar una imagen que alguna vez convirtió tu existencia en amenaza y descubrir que también puede pertenecerte.

Por eso Teenage Sex and Death at Camp Miasma no necesita limpiar al slasher de su suciedad.

Le basta con cambiar quién tiene permitido disfrutarla.