La ironía de hallar un resplandor que irradia oscuridad entre tinieblas espesas por la desgracia y el júbilo del concepto de vivir en la cotidianeidad es la indumentaria ilustre de 'Femme Fatale' de Mon Laferte, una placa teatral profunda, transparente y vulnerable presentada como testimonial de supervivencia entre la mujer y la artista.
Padecer de incomodidad es el reflector que sigue a una sombra camaleónica a lo largo de 14 pistas orientadas por las heridas y los tropiezos, pero también por la esperanza y el gozo; polos denunciantes del encanto de lo simple, alejados de los artificios musicales y afines a lo orgánico de la expresiva y potente voz de Laferte: con algunos guiños sonoros residuales de su entrega anterior, 'Autopoiética'.
Mediante una ficción que acaricia la realidad, 'Femme Fatale' construye un personaje sensual pero intimidado; bravo pero cobarde; e insensato pero apacible, ubicado por un ritmo jazzeado entremezclado sutilmente con un corte pop/rock y balada romántica, necesarios para construir un cataclismo sensorial que altera el equilibro entre la sumisión y la valentía.
Delator de miedos y debilidades explora pasajes del pasado y presente de Mon Laferte para reflejar honestidad en un espejo que expone sentimientos desbordados por la pérdida, la soledad, la felicidad y la plenitud; marañas emocionales que descansan en el humano y ahora buscan refugio en su pluma de la viñamarina.
“Femme Fatale”: un personaje vivo en Mon Laferte
La nueva placa declara entre sus letras que ser una femme fatal es seducir, pero sentir. Lo burlesque, lo sensual y lo glamouroso brilla en cada una de las melodías de 'Femme Fatale', siempre acompañado por un estilo distintivo que te sienta en tu butaca y abre el telón para ofrecer un musical con atmósfera de cabaret y musicalizadores como Nina Simone y Billie Holiday.
El bloque inicial es de la auténtica femme fatal como mujer libre y el primer acto corre a cargo de la canción homónima del disco, con una introspección a la persona detrás de la artista que medita sobre el efecto de sus canciones con relación a las batallas internas y externas que estas provocan.
“Femme Fatale” retira una máscara sostenida para mostrarse al público, no solo para delatar la vulnerabilidad de Laferte, sino para escarbar en los desalientos y bajezas de ella, embrollada en el autosabotaje, la ansiedad, la soledad y el caos interno.
“En mi voz tengo un reino y tormenta en primavera”, dice uno de los versos de “Femme Fatale”.
Una línea similar de poderío reluce en colaboración con Conociendo Rusia en “Esto es Amor” una melodía que delata erotismo, pero sin exclamar desfachatez. En esta se cruza la firmeza y la libertad corporal de una mujer deseada y deseosa por un hombre, sin hinchar el cliché de la cosificación de lo femenino.
Pero si “Esto es Amor” representa a una femme fatale en acción, “El Gran Señor” rompe el escenario del imaginario de la placa para verla nacer, ya que encandila el malestar por entrar en relaciones conflictivas, pero apuñala al tormento con la bravura inflamada por pesadez, rabia, dolor y miedo.
“Viviendo con un criminal llegue a pensar que no valía y aunque me gritaba puta, sabía lo que tenía”, dice uno de los versos de “El Gran Señor” canción que podría convertirse en el desenlace de “A Crying Diamond”, de 'Carmen 1940' de 2022, que alude a una historia de manipulación basada en la vida misma de Mon Laferte.
El musical sigue y “Las Flores que Dejaste en la Mesa” da un altavoz al inconsciente del amor, aquel que es retorcido y desequilibrado porque es el ego quien canta a través de la mujer que aprieta sus cualidades afectivas y eróticas como símbolo de autenticidad.
La canción es una manipulación embrolladas con el amor ambientada con una cadencia sensorial que premia la vanidad como arma de seducción.
Y el primer bloque temático finaliza con “La Tirana” una pista que cimenta su pluma en la liberación y poderío emocional femenino para crear una tajada sonora que enaltece a las mujeres desde una óptica de la bravura sensitiva y la disposición del romanticismo; reforzada por la española Nathy Peluso.
El sufrimiento y el caos como parte de una verdadera 'Femme Fatale'
El arquetipo histórico de una femme fatale dice que es una devoradora de hombres, pero Mon Laferte cambia un poco dicha lógica para adherir a la vulnerabilidad como eje primordial de esta; es así como comienza el segundo bloque de esta obra musical hecha álbum.
La segunda mitad temática se apertura con “Mi Hombre”, segundo track de la placa. Es un quiebre emocional de terquedad, dependencia y tormento que se convierte en el polo opuesto del personaje que da nombre al disco.
Sostiene una narrativa cliché de la mujer como un ente tolerante ante la tempestad. Además, lanza a gritos miedo y reproche a las decisiones de estar con alguien que le apaga la vida mientras las disfraza de cariño.
“Mi Hombre” es transparente y cercana a la debilidad humana, propensa a caer en la humillación por deshacerse de la soledad.
“Nada cambia si le digo que me iré cuando sé que volveré (…) por siempre su mujer seré”, dice el verso final de “Mi Hombre”.
Por su parte, “Otra Noche de Llorar” sonoriza la involución del proceso de duelo, la disputa emocional entre el ser y el deber ser y la afanada convicción de lograr el olvido post relación. Además, lleva al extremo el dificultoso propósito de distanciar, mental y físicamente, los sentimientos anclados a una persona que tanto se amó.
Pero si de amor se habla, qué mejor que entonar “Veracruz” una canción que escarba en las entrañas de la intimidad de Laferte al revisitar heridas plasmadas en su hit “Tu Falta de Querer” y al hombre que la inspiró para la composición de esta.
Es un desgarro sonoro en el que la artista pone filo sobre una cicatriz, pero resignifica un amor intenso, apasionado y bullicioso.
Más que una canción, se convierte en un sinceramiento, pues Laferte pareciera que susurra al oído una historia en loop dentro de su corazón, cuerpo y mente. “Veracruz” está llena de locura y ambición por destrozarse, pero ávida por recibir amor.
En “1:30” llega una prosa que encarna el despertar sexual y los residuos emocionales que esta deja; digna de analizar en solitario: “Vomité como si tal acto me limpiara la entrepierna. Me lave 158 veces con jabón y agua bendita”.
Es la falta de pudor, el erotismo y la excitación la que inflama una juventud venternera de emociones que busca la libertad en el placer, pero lo reprime y culpa ante el foco social.
Luego, el sentimiento de pérdida está presente en “Hasta que Nos Despierte la Soledad”, acompañado por la voz de TIAGO OIRC, al no limitarse en fantasear el encuentro fortuito que acalla la pesadez emocional.
La canción se inclina por la costumbre maquillada de amor y arropa la calidez de sentirse amada tan solo hasta que la realidad desnuda lo incómodo que resguarda entre los dos protagonistas de la historia: la sensación de soledad en compañía.
El siguiente acto es “Melancolía”, aquella que narra el ensanchamiento del declive amoroso como una búsqueda de no malograr una conexión intensa descarrilada por malas decisiones y actos desatinados. Se adhiere al cariño, la necesidad y el compromiso para apuntar la urgencia de darse una segunda oportunidad.
La canción sustituye lo maquiavélico de retomar una vida en compañía del pasado hecho persona y refuerza la idea del amor como combatiente de cualquier tempestad.
La línea narrativa llega a “Ocupa Mi Piel” para representar una relación en libertad, sin ataduras ni reglas que confeccionen una monotonía emocional. Entreteje la autonomía y la madurez con la intención de construir una vida en pareja distanciada del apego.
También expresa la confidencialidad de dos personas atravesada por la calidez del respeto por la individualidad.
“Ocupa Mi Piel” utiliza al cuerpo como un símil de caja fuerte, que esconde promesas, historias, heridas y sentimiento que solo puede nacer del choque de dos entregas absolutas ante el amor.
Es en “My One And Only Love” que la voz de Laferte se ve secundada por Natalia Lafourcade y Silvana Estrada para entonar una carta de amor sobre darse confianza, apoyo y paz mediante la maduración de una relación. La canción está ciega de las dolencias individuales y las historias personales que también interfieren en una relación, pues más bien las convierte en colectivas para darles una mano, un aliento y un acompañamiento que logre aclarar los momentos de oscuridad del otro a quien se ama.
La canción retoma el arrebato de las inseguridades, la transformación emocional y el crecimiento personal como un proceso que también puede ser logrado mientras se está inmerso en una conexión amorosa.
Las luces del escenario sonoro se apagan y cierra el telón, no sin antes presentar “Vida Normal” una catarsis personal de Mon Laferte, que tiene como rostro la cotidianeidad en la que encuentra la belleza de lo simple y lo emocionante del cambio al describir los puntos débiles de su persona, pero ansia por reconciliarse con ellos.
La teatralidad de 'Femme Fatale' es honesta, orgánica y genuina. No peca por romper el concepto del personaje, sino que acierta por resignificarlo para convertirlo en algo más real, sin polarizar la vida de una mujer entre la buena y la mala; Mon Laferte demuestra que una verdadera femme fatale es la que convierte sus lágrimas en filos para reconstruirse.
Un nuevo telón se abre para Mon Laferte, uno que vuelve abrir sus ojo y oídos a la contemplación y escucha de su persona, acto que deja de ser propio para volverse en colectivo y recordar que de la vulnerabilidad viene la garra.
La chilena deja en claro que en la cotidianeidad brilla por su simpleza, en las penas por amor o en la primera sonrisa de la mañana, porque Mon Laferte se pone el atuendo del personaje de femme fatale que ella ha confeccionado, ese que grita desde su oscuridad, pero también aprende a disfrutar del concepto de vivir porque “aceptar el sentir es crecer”.
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José Solorzano